HISTORIA DE UNA CONVALECENCIA

victor-orielson-leon-parada-revistadossier-com-co

 

Por: Víctor Orielson León Parada

Abogado y Catedrático en Derecho Penal, 

 

sin embargo, esos médicos que me atendían sí que son la cagada, me dieron todas las drogas del mundo

En la comodidad de la vida, trato de vivir feliz hasta donde me corresponda…. La infelicidad no está en mi agenda…. Estos días pasados, por una urgencia médica, y ya metido en una habitación de una clínica privada… Una vez internado y mientras me operaban y me recuperaba, quedé conectado a los cables de las bolsas de sueros y medicamentos.

Luego, en la convalecencia, después de las consabidas visitas, de familiares y de amigos, y ya cuando quedé solo en la habitación, observé en sospecha a mi derredor e imagine cuántos de los que utilizaron este camastro donde ahora me encontraba yo estaba, habían muerto…., pensé acerca de cuántos de ellos ya estarán en el confín del Universo… Felices…, montados en la elíptica de las ondas transversales y de los vectores cuánticos.

Sí, creo que acá es el infierno y allá, llamado el más allá, es la felicidad; el acoso constante de las galaxias frenéticas por «robarse y tragarse mi energía»; el cuerpo material es lo de menos, allá se vibra es pura energía. Acá, sin embargo, esos médicos que me atendían sí que son la cagada, me dieron todas las drogas del mundo para que me quedara todavía deambulando por estos valles de tristeza, pero, por algo más, simple por solo negocio, socio, para tenerme conectado a un deficiente sistema de salud que cobra la coima de EPS, enférmese o no se enferme, siempre la cobran, para lucrar así a unas mafias de la salud.

 

Ah, bueno, pero la ocasión no fue tan en vano, una de esas noches, tuve una charla con uno de los espíritus que todavía estaban aferrados a lo de este mundo, no había podido evolucionar. No es carreta, yo sentía que alrededor mío, arriba y debajo de la cama, a los lados, adelante y atrás, deambulaban energías, las percibía. No sabía si eran buenas o malas energías. En un momento, y para cerciorarme de la situación, le hice una pregunté a esa energía incómoda y jodona: «Oiga, como se llame, por qué no se ha largado de esta dimensión, ¿qué lo retiene acá, por qué no me deja dormir?» Él o ella, con la pregunta que le hice, enseguida empezaron a revolotear todos los objetos por toda la habitación (convertido en aire turbulento), sí, se movió todo lo que se pudiera mover, logró que todo se moviera de manera desproporcionada…; pero, extraño, esa energía no hablaba o mandaba señales de contacto, o simplemente se estaba haciendo del marica.

Me quedé esperando un rato a que parara sus turbulencias y volví a preguntarle: «Mientras usted no se desprenda de esta materia, de lo que lo ata y lo retiene en esta dimensión, pues su tráfico hacia los universos maravillosos intergalácticos se convertirán en su propia agonía…» Enseguida, el aire alborotado cesó en sus movimientos, escuché una voz gutural que arrastraba las palabras y las vocales, esas aparentes voces se oían como las de un ratón encerrado en un cajón… En esa voz pastosa, dijo: «La muchachita asistente de enfermería que me cuidaba en mi convalecencia, cuando me llevaba al baño, me violaba…» ¿Lo violaba?, le dije extrañado. “¡Sí, ella me untaba el jabón y me lo quitaba con sus dedos acariciantes, sobre todo, en la parte de mis pudendas…!” «Bueno – le dije, – eso es bueno, era una señal positiva de que estabas muy vivo, muy animado y que avanzabas a una pronta recuperación…» Ese fue el máximo error -me contestó, con la voz gutural muy afectada y extendiendo un gemido de frustración. ¿Error?, le indagué extrañado… «Si, la muchachita era la mujer de uno de los celadores de la clínica y aquel nos sorprendió en el «aquello», tu sabes… En rabia y rechazo por lo que estábamos haciendo, a una de las bolsas que se cuelgan y que llevan los sueros a mi cuerpo, el sujeto le introdujo una sustancia venenosa, que fue la que me causó la muerte».

Al escucharle esa su historia, reflexioné entre incrédulo y convencido de la fantástica historia, sin embargo, imaginé la escena en el baño y no aguanté más y solté una estruendosa y sonora risotada que inundó la habitación y creo que los pasillos externos, por la que acudieron a la habitación, en masa, todas las asistentes del turno para enterarse de qué era lo que había pasado… Me dieron un calmante y me durmieron…

A la noche siguiente, el espíritu se me volvió a aparecer y me dijo: «Señor, no se deje «coger» de la muchachita asistente si quiere salir con vida de esa habitación…» «Tranquilo» -le dije- mi mujer me quitó las pastillas azules y sin ellas, el «aquello» no funciona…». De pronto, se escuchó un totazo en toda la habitación… la voz ya no se volvió a escuchar, tal parece, pensé, que el alma en pena había iniciado el tránsito normal hacia las dimensiones del universo… o, me pregunté: ¿será que se acordó dónde había dejado las pastillas azules, antes de que lo internaran en la clínica? Amiga (o), no sé si esto es un cuento o una mamadera de gallo, simplemente se me ocurrió tan solo para que sacaras una sonrisa de vida… de oportunidad para el mañana que te espera… buenas noches o buenos días y, ojalá, exista otro espíritu rondando en su habitación, para que te distraiga…

 

 

 

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *